CAPITULO IV
- La Asamblea Legislativa

ndando nuestros viandantes, dieron, por fin,

con una dilapidada edificación y al inquirir razones por tal estado, fueron informados cómo en los primeros dos meses deste siglo habían ocurrido en esta provincia terribles terremotos, causando tanto daño que los progenitores de la nación obligados a buscar posada temporal para continuar su sabia legislación.

Apenados por la tragedia indagaron los caminantes sobre quién los guiara hasta el nuevo albergue de los delegados, y pronto encontraron a un diestro bachiller, el cual gustoso se ofreció darles una guía para encaminarlos al nuevo asiento de los ochenta y cuatro, como tantos eran los mencionados representantes, más igual número de esquiroles.

En la asamblea legislativaPronto encontraron el nuevo albergue, al cual accedieron después de ser sometidos a una rigurosa esculcada de la parte de hercúleos bedeles, fieles guardianes de los circunspectos delegados.

“Pon mucha atención a las sabias enseñanzas que habrás de escuchar en este magno recinto, Sancho hermano”, dijo Don Quijote, “y recuerda: no podrás gobernar diestramente, si no es con el apoyo de la sabiduría destos hombres y mujeres”.

“Todo esto digo para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino debes dar gracias al cielo, de contar con el apoyo destos personajes. Y ten cuidado: los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones”.

“Pero señor”, respondió Sancho Panza, “lo tanto aquí he escuchado son exclamaciones más parecidas a lamentos de enamorados, y no sabias disposiciones para ayudarme a gobernar. Parece, sin embargo, que los ilustrados mentores son diestros en la procuración de beneficios propios, como lo patentiza sus generosas soldadas, sus múltiples salidas a conocer el mundo, asignándose para ello abundantes peculios, los espléndidos festejos que se gastan y amenazas de amañadas pujas para beneficiar a los suyos”.

“Mejor será salir de aquí en busca de otros rumbos. Estoy seguro que conocerlos servirá para recuperar tu dañada intención de gobernar esta ínsula”, respondió Don Quijote.

Y fue así, como nuestros visitantes decidieron inquirir sobre la aplicación de la justicia, elemento principal en la buena conducción de una comarca. Al internarse en la morada donde se practica la igualdad ante la ley, encontraron a unos oscuros personajes quienes les ofrecieron sus servicios de litigantes, o bien de testigos a su favor. Movido por la curiosidad Don Quijote inquirió si esta práctica era sancionada por los señores jueces, a lo cual uno de los allí presentes sonriendo respondió: “Estimado señor amigo mío, no le quite el sueño su preocupación; usted deberá saber cómo muchos de los llamados jueces han obtenido su título a cambio del desembolso de una satisfacción monetaria, prodigada a personajes e instituciones; y usted debe saber que esa tradición es tolerada, aun por aquellos quienes la deberían perseguir”. “Esta costumbre hará sonrojar, ultrajado, a Marcos el Evangelista, santo patrono de los abogados”, pensó Don Quijote”.

Espantados por haber escuchado aquello, Don Quijote y Sancho Panza corrieron despavoridos, alejándose a todo galope dese aterrador lugar, y, sin voltear a ver atrás, Sancho dijo a su amo, “Habrás de entender, mi amo y señor; estoy a punto de renunciar al honor que voz queréis conferirme, más antes de tomar una decisión final he de ver las condiciones de salud deste pueblo”.

Eso dicho, buscaron en más prósimo hospital hasta llegar a uno cuyo nombre les recordó de un jardín. “Por ello será bueno”, sentenció Don Quijote. Pero al adentrase en los servicios y ver a enfermos reposando en el piso y aquellos con más suerte compartiendo su cama con otro enfermo, decidieron abandonar el lugar, con sus corazones partidos en mitad.

“Gracias te doy, mi señor”, expresó Sancho Panza, “dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme ir a buscar la vida pasada, para olvidar de lo que aquí he visto. Yo no nací para ser gobernador, ni para resguardar ínsulas ni ciudades de las tribulaciones que como a ésta afectan”.

Abrazole Don Quijote, y Sancho, llorando copiosamente, abrazó también a su amo, y lo dejó admirado por su franqueza, así de sus razones como de su determinación tan resoluta.

En un avión cuzcatleco procedente de Comalapa partieron hacia La Mancha Don Quijote y Sancho Panza.

 


Copyright © 2003 Ernesto Rivas Gallont.
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