CAPITULO III
- Dulcinea

ntes de salir en su tercera jornada, nuestros

amigos, de rodillas, elevaron una oración al Supremo Hacedor en memoria de los fallecidos en los ataques terroristas a la gran nación del norte y para que ilumine a sus adalides.

Dn Quijote en el centroApenas rayaba el sol, cuando el Caballero de la Triste Figura y su escudero Sancho Panza iniciaron su marcha inspeccionando la canonjía la cual Sancho debía gobernar. Montados en sendas cabalgaduras, andaban por los ruinados senderos, con dificultad escurriendo ser arrollados por ruidosas carrozas dilapidadas que vomitando fumarada negra y a los gritos de simios colgados de sus fenestras, disputaban la primacía del camino, sin miramientos de los caminantes.

Eran tantos los ambulantes recorriendo los caminos, que los ilustres visitantes no acertaban a descifrar cómo posible era que en la pequeña comarca tanta gente cupiera. Los venteros errabundos atormentaron de tal forma a nuestros huéspedes que espolearon harto sus cabalgadoras para dese enredo salir.

Anduvieron los andantes, hasta cuando Don Quijote, férvido, alto mandó, exclamando, “OH señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, es a ti a quién veo; pero ¿qué hacéis así desnuda, con vuestros ojos vendados y qué es lo que de la mano sostenéis que parecen las romanas de la justicia? ¿Acaso os habéis convertido en querellante; en cual academia de estudios comprasteis el título?”

La chulona es DulcineaArrebatole el sucio perraje que sobre el rucio de Sancho Panza estaba y presto subió hasta donde figuraba quien su fecunda fantasía le aseguraba era su Dulcinea del Toboso. “Abrígote con estas suaves pieles, no vaya a ser que malvados osen posar sus ojos sobre tu desnudez. Si alguno de esos indignos se atreviese a eso facer, no dudéis de hacer uso de la espada que en alto sostienes, arremetiendo sobre ellos, sin piedad, toda vuestra ira. Aguarda aquí mi pronto regreso para rescatarte y tornarte a nuestro feudo donde habrás de reposar hasta colmar tus deseos”. Y despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetes de amor, el Caballero de la Triste Figura y su escudero continuaron su marcha por la comarca.

No hubieron andado media legua, cuando llegó a sus oídos un fuerte ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba y al verla de fermosos colores hechizados quedaron. Las aguas bajaron y de dentro de ellas surgió un monstruo de tal manera deforme que causaba horror y espanto.

Don Quijote, encomendándose de todo su corazón a Dios nuestro Señor y a la señora Dulcinea del Toboso le envasó al abominable monstruo su lanza entera por el lado izquierdo, y, sin percatarse que se había partido en dos, seguro que le había pasado el corazón de parte a parte, apeándose de Rocinante, con su espada alzada montó sobre lo que supuso era el cuello de aquel feroz animal y cabalgolo por más de dos horas. Reclamole a gritos el socorro de Sancho, cosa que el escudero pronto hizo, para satisfacer las órdenes de su amo, y montó el mesmo sobre lo que parecía las posaderas de aquella bestia.

El monstruo de la fuenteEl valeroso subalterno y el famoso don Quijote con sus espadas altas y desnudas, en guisa de descargar furibundos fendientes, tales, que si en lleno se acertaban sobre el monstruo abriría como granada su cabeza. Consumido por su esfuerzo cayó Don Quijote desmayado al fondo de las aguas que resguardaban aquella bestia. Pronto Sancho, apeándose de su montadura, tornó al rescate de su amo y dándole gracias al cielo por estar donde estaban, lo condujo al más prósimo sanatorio donde sus magulladuras sanaron.

“¡Cinco mil maravedíes por una noche de cuidado es un robo!” exclamaba agitado Don Quijote cuando fue confrontado con la suma por los cuidos que le habían prodigado. Más no tuvo más remedio que satisfacer la cuenta, no fuera ser que a prisión fuera a parar con todo y Sancho y sus cabalgaduras.

Recuperados su loriga y otras pertenencias, junto con su fiel escudero renovaron la marcha en busca de autoridades ante quien elevar una protesta y revelar la presencia de tales monstruos encantados los que, gracias a Dios, y a la destreza deste caballero, no presentaban más peligro de maleficios causar.

 


Copyright © 2003 Ernesto Rivas Gallont.
Reservados todos los derechos. San Salvador, El Salvador C.A.