CAPITULO II
- Los Gigantes enterrados

uando despertaron de su sueño, los viajeros se

encontraron frente a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación a don Quijote las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino del frente de su nariz.

De pronto don Quijote se encontró ante a unos raros gigantes soterrados, y apenas los devisó, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura. “La bonanza va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho, donde se descubren veinte, o pocos más, desaforados gigantes, con quienes pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas. “¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza”.

“Aquellos que allí ves -respondió su amo- que solo sus cabezas asoman y que su parte soterrada calculo tendrá casi treinta metros. Alguien quiso mofar del buen gusto deste pueblo y morir merecen”.

Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:

“Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que un solo caballero es el que os acomete”.

Y diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero que estaba delante; y dándole una lanzada en la frente, la lanza voló al viento hecha pedazos y el caballero y su montura fueron rodando muy maltrechos por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle y cuando llegó al lado de su amo, halló que no se podía ni siquiera menear.

Ataque a los proceres“¡Válame Dios!”, dijo Sancho: “¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino moles deformes de piedra, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?”

A como pudo, Sancho Panza montó a su patrón sobre el rucio porque Rocinante había partido adelantado de su amo, y salió con rumbo a la tienda más prósima. Al llegar a ella, salió el ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sancho qué mal traía. Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado una caída de una peña abajo, y que venía algo brumadas las costillas.

El ventero los mandó a reposar, y no bien hubieron recuperado las fuerzas notaron con satisfacción que la tienda estaba guardada por un gigante de grandes dimensiones que desnudo mostraba su cuerpo entero. “Questa es buena estrella, mi amigo Sancho, podremos descansar tranquilos sabiéndonos salvos de toda maldad”. Habiendo dicho la anterior se les apareció el ventero acompañado de dos mujeres mozas, para invitar a los paseantes a disfrutar de los juegos de suerte que la venta ofrecía.

“En la tierra de La Mancha, estos juegos, aun el chingolingo, están vedados y nos, cumplidores de la ley, los resistimos”, manifestó don Quijote al ventero, y dirigiéndose a las mujeres, agregó, “Non temáis vosotras desaguisado alguno; que a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle mal a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas”

Mirábanle las mozas, con los ojos buscándole el rostro, que la visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, pues años facía que así no las llamaban.

“Apuraos a llenar de vino vuestras botas, pues la medianoche acecha, hora después de la cual no podremos serviros por haber la veda”. Interrumpió el tendero.

“A vos, las gracias os doi, mas no será necesario pues al salir el sol mañana continuaremos, mi escudero y yo la inspección desta comarca. Descansad bien que nosotros así lo haremos”.

 


Copyright © 2003 Ernesto Rivas Gallont.
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