CAPITULO I
- La Llegada

n un avión español, procedente de La Mancha

llegaron a Comalapa don Quijote y Sancho Panza. Buscaban la provincia prometida a su fiel escudero por su amo el Gran Andante de Cervantes, para que de ella sirviera de gobernador; tal era el premio por su lealtad.

Asombrado Sancho, de tanta gente ver, preguntaba a su señor donde provenían los de tal hueste que más parecían descender de un extraño astro que de un sitio terrestre.

“Coincide, mi querido Sancho”, respondiole don Quijote, “que al par de nos han bajado de los cielos estos jóvenes pintarrajeados de extraños grabados en sus cuerpos. Provienen mayormente de una colonia española asentada al Norte del Imperio de Cuauhtémoc, que llaman la California, donde fueron aprender la mejor forma de mancomunarse en hermandades quellos llaman ‘maras’ y se sirven dellas para ejercer el oficio que allende se instruyeron y que agora traen para educar en sus artes a sus convecinos desta tierra”.

“Válame Dios”, respondió Sancho, “salgamos pronto desta cueva, vaya ser nos contagiemos dese mal y de ello fenezcamos”.

Salieron apresurados, entre empellones y lanzamientos de los muchos que allí se encontraban aguardando que los suyos, con sus cajas de pasta al hombro, emergieran del bandullo donde estaban. “Tened paciencia; que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante”, ofreció Don Quijote a su escudero.

Agradecióselo mucho Sancho, y, besándole la mano, y la falda de la loriga, le ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su rucio, que fuera los aguardaban, y comenzó a seguir a su señor en la marcha que los llevaría a la capital desta ínsula.

No habían andado una legua, cuando percataron a un varón que parecía rociar un árbol a la vera del camino. “Costumbre desta región, ilustraba el noble Colón a nuestra Reina Isabel a su vuelta de las Indias”, pronunció don Quijote, “Manifestábale que los hombres alivian sus menesteres sea a la sombra de un árbol o, al faltar éste, apoyados sobre un muro”.

“Esta costumbre habrá de terminar, cuando yo como Gobernador fuerte multa imponga a los hacedores destas cosas tanto indecorosas”. Dictó Sancho Panza.

“Mejor suerte tengas tu, que la que otros que han tratado han tenido, sin lograr lo pretendido”. Respondió el Caballero de los Leones.

Arreciaba la hambre de los dos peregrinos, cuando un sugestivo olor a exquisitos manjares a sus olfatos llegó y es que pasaban por un poblado de Olocuilta llamado. “Arrestemos nuestro andar, amigo Sancho, y hemos de investigar el origen desta aroma que nos llega de aquella venta y que tan presto ha abierto nuestro apeto”.

Luego de consultar con una dama redoblona, ordenaron los andantes media docena para cada uno de unas redondas pitanzas fechas de arroz y rellenas de lacticinio y otros sustentos. “Dos maravedíes por cada una me parecen harto caro, pueda ser que la tendera aprovecharse haya querido de nuestra imagen de viajeros”, dijole a Sancho su amo. “Por sus costumbres los conoceréis”, respondiole Sancho.

Barriga llena, y corazón contento, continuaron su marcha que los conducía a la capital de la ínsula prometida. Al cabo de un rato, súbitamente Don Quijote haló las riendas de Rocinante y pleno de felice emoción díjole a su escudero, “La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, el astro rey ilumina sobre esa montaña entera de lazulita y topacio, con taraceas de oro, sobre la que derrama abundante agua que invítanos a refrescarnos”.

Dicho esto Don Quijote libróse de su panoplia y, tal como vino al mundo, saltó dentro de las aguas entonando alegre melodía. Al ver a su amo en tales composturas Sancho hizo lo propio y felice recibió sobre su abultada panza el frescor del agua que corría de lo alto de la montaña.

Estando en estas razones, asomaron por el camino dos coches de luces adornados, de los que descendieron dos caballeros que de negro vestían, quienes obligaron a los bañistas a abandonar su espectáculo y proseguir con su camino.

Como la oscuridad cayó, nuestros amigos dispusieron reposar bajo lo que parecía un puente elevado, para continuar al amanecer de otro día con su jornada hacia lo desconocido.

 


Copyright © 2003 Ernesto Rivas Gallont.
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